el escritor

La vocación me llegó de forma tardía, ya rozando los cuarenta, pero contundente. Mi novia acababa de dejarme. Durante los últimos meses discutíamos por casi todo, y un día simplemente cogió sus cosas y dijo que se marchaba, que se había cansado de verme desperdiciar mi vida.
Pero es mía ¿no?, era mi argumento más sólido para defenderme de ese, últimamente habitual, ataque a mi intimidad. Luego volvía a explicarle cómo la sociedad sólo estaba interesada en chupar la sangre a los trabajadores, y que yo era uno de los últimos anarquistas auténticos que existían. A mí, desde luego, me parecían razones de peso. A ella no.
Andaba algo desorientado, sólo sabía que estaba fumando demasiado. No bajaba de las nubes, de las que mi ex había huido, y notaba que estaba a punto de pegarme un batacazo, así que entré en una librería y empecé a ojear libros de auto ayuda. No me hicieron falta ni tres minutos. El primer libro que abrí me dio la solución. Si tu vida es un desastre, decía, haz algo constructivo con esa experiencia: escribe un libro, pinta, o compón una canción.
La pintura y composición musical quedaron automáticamente descartadas. No me apetecía ponerme a estudiar arte a mi edad, y no podía costearme los materiales. De mis talentos musicales, mejor no hablar.
Escribir era otra cosa; ya había aprendido en el colegio, y de forma totalmente gratuita. Me acuerdo que un día, en cuarto, mi profesora me hizo leer en voz alta una redacción que había escrito sobre mi familia. De hecho, me hizo leérsela al director, que me miraba con ojos horrorizados mientras levantaba el teléfono para llamar a mis padres. Después de la visita de mis padres al colegio, todo quedó aclarado: yo no exageraba.
Con estos antecedentes, y convencido de mi innata capacidad descriptiva, salí de aquella librería sin comprar nada, pero con una clara imagen de lo que sería mi porvenir: Escritor. Además, sonaba muy bien; ya se arrepentiría mi ex de no haber creído en mí.
Agradecido por aquella revelación, decidí dar un giro a mi vida. Tomé una decisión: lo primero era aclararse, así que decidí dejar de fumar aprovechando que se me había acabado la última china. Fue bastante duro, pero dos días después desperté en mitad de la noche con un pensamiento muy claro: si yo había encontrado un sentido a mi vida, entonces seguro que todo el mundo podía hacerlo; y yo iba a ayudarles. Sí, eso era, un libro para dejar de fumar porros. Enseguida me puse manos a la obra.
Cuatro días seguidos escribiendo y ya tenía el primer capítulo. En éste, contaba prácticamente lo que acabo de decir, incluyendo, además, un resumen de mis primeras experiencias con el hachís: las risas, las bajadas de tensión y los ataques furtivos a la nevera familiar.
Me sentía exhausto, había liberado demasiado talento de una vez y supe que era momento de descanso y reflexión (qué ganas me entraron de fumar). La reflexión me llevó a usar la inteligencia, y ésta me sugirió que buscara un editor, un mecenas, un visionario como yo que, tras conocer la naturaleza y posibilidades de mi obra, estuviera dispuesto a financiarme hasta que terminara el manuscrito (no tenía máquina) y éste viera la luz.
En la casa de la cultura de mi barrio no tenían ninguna lista de editoriales; en su lugar, con una amabilidad bastante dudosa, la mujer de la ventanilla de información me tendió una guía telefónica. “Aquí, en las páginas amarillas, seguro que encuentra lo que está buscando”, dijo.
¿Y para eso había andado hasta allí? No me apetecía discutir, así que cogí la guía de teléfonos, fui a la sala de lectura, localicé la página con las editoriales, la arranqué y volví a casa para seleccionar tranquilamente a mi futuro socio.
Qué equivocado estaba con los editores. El primero al que visité, al oírme leer el primer capítulo de “Dejar de fumar porros, es fácil si sabes cómo” puso peor cara que el director de mi colegio. El siguiente, tuvo un ataque de risa y me hizo unos comentarios que prefiero no repetir, así que decidí dejar copias del capítulo inicial en los buzones de diferentes editores de mi ciudad confiando en que alguno de ellos tuviera un mínimo de sensibilidad.
No obtuve respuesta. Probablemente las editoriales estaban financiadas por traficantes de droga y, por supuesto, no iban a tirar piedras sobre su propio tejado.
Sufrí un ligero bajón y volví a fumar porros; empecé a dar vueltas por la casa sin saber qué escribir o cómo pagar el alquiler ahora que mi novia no estaba. Fue un mes muy malo, incluso tuve que trabajar descargando cajas en el mercado de mi barrio para poder pagar la casa y comprar algo más de hachís. Necesitaba inspiración, un tema nuevo:
Yo no había ido a la guerra y, aunque allí seguro que había grandes historias, no me apetecía acercarme a ningún combate; al fin y al cabo mi anarquismo era pacífico.
El amor ya estaba muy visto, y tenía que reconocer que no era mi fuerte.
¿Qué me quedaba? La intriga. Sí, claro, una buena novela con sexo y misterio.
Decidí empezar directamente por el sexo, y ya se me ocurriría algo misterioso sobre la marcha.
Nunca fui un hombre especialmente atractivo para las mujeres (situación que esperaba cambiar con mi inminente fama de escritor), y aun me sentía algo inseguro después de mi ruptura sentimental, pero un artista no puede frenarse ante nimiedades de ese tipo, por lo que se me ocurrió documentarme a mi manera, es decir, visitando sex shops.
Un sex shop, o tienda de sexo, para entendernos, es un sitio donde se pueden encontrar bastantes juguetes para deprimirte o estimularte sexualmente. Según pude observar, sin perder, creo yo, mi imparcialidad de escritor en proceso de investigación, la zona estrella es el peep show. Allí uno puede vencer su pánico hacia el otro sexo mediante el siguiente sistema: te encierras en una cabina; introduces una moneda en la ranura de la pared; se apaga la luz; se sube una persiana que cubre la ventanilla situada al lado opuesto de la puerta, y puedes ver a una mujer con cara de hastío desnudándose sobre una plataforma giratoria.
Aparte de la puerta, la ranura de las monedas y el cristal, hay una cajita de pañuelos y un fuerte olor a desinfectante (en el mejor de los casos).
El tío que da el cambio de monedas tiene tres reacciones básicas: no mirarte y dejar el dinero sobre el mostrador; mirarte con un destello de sarcasmo cómplice en los ojos; o mirarte con cara de desprecio, como si él, en realidad, fuera una persona “normal” empujada hasta allí por la casualidad o el destino.
Hablando de cambiar monedas, mi economía se estaba resintiendo con la investigación, hasta el punto de tener que trabajar descargando cajas algunos días más. Para equilibrar mi maltrecho presupuesto, que no podía permitirse más vicios que los habituales, tuve que concluir esa fase de la investigación y pasar al apartado “misterios”.
Siempre me había costado renunciar a un vicio, pero ahora que mi vida tenía una dirección me sentía con fuerzas para hacerlo.
Encerrado en mi casa, buscando soledad e inspiración, fantaseaba sobre diferentes situaciones que pudieran resultar misteriosas y sorprendentes. No se me ocurría nada que me pareciera lo bastante bueno, y ya estaba empezando a desesperarme, cuando las musas vinieron en mi ayuda. Me encontraron en el sofá, hojeando una revista vieja. Estaba a punto de quedarme dormido frente a un artículo sobre psicología, cuando una idea me despejó repentinamente. Ése era el tipo de misterio que buscaba: la mente.
Me levanté de un salto, fui hasta la mesa, cogí unos folios y me dispuse a combinar los ingredientes que había ido acumulando. La historia empezó a fluir por sí misma:
Una mujer va matando a sus amantes por alguna razón oculta dentro de su cabeza; una razón que ella no comprende (tampoco yo), quizás un trauma infantil que la lleva compulsivamente a asesinar usando siempre el mismo arma. El policía encargado del caso, que está intentando dejar de fumar (de paso, un poco de promoción a mi anterior obra), se enamora de ella y se van a la cama juntos. Ahí se unen el sexo y la tensión: el misterio. ¿Se lo va a cargar a él también? ¿La detendrá? ¿Se fugarán juntos?
Después de escribir unas cuantas horas, me dejé caer de nuevo sobre el sofá. Volvía a sentirme exhausto; lo de la creatividad era más cansado de lo que había creído. Necesitaba fumar para inspirarme y, quizás, hacer una visita más al sex shop para pulir algunos detalles técnicos, así que, antes de terminar la novela que iba a darme a conocer al mundo entero, decidí buscar otro mecenas. De los editores no me fiaba desde que comprendí que estaban financiados por los narcos; tenía que encontrar otro tipo de apoyo: un productor de cine. Al día siguiente me pondría en contacto con alguno, decidí justo antes de desplomarme en un profundo sueño.
Desperté después de un número incierto de horas y, al abrir los ojos, me di cuenta del estado en que estaba la casa. Mi primera reacción fue volver a cerrarlos, pero recordé mis propósitos del día anterior, así que me levanté dispuesto a localizar la dirección de alguna productora de mi ciudad. No me pareció una buena idea volver por la casa de la cultura del barrio después de mi anterior visita; bien pensado, no era necesario ir hasta allí para mirar las páginas amarillas ya que tenía unas en algún lugar de la casa, pero ¿dónde?
Estuve casi dos horas buscando las páginas amarillas; aparecieron en el suelo, debajo de los altavoces del equipo de música. Yo no las había puesto ahí (creo), tenía que haber sido mi novia,…, ex. Menos mal que ya no vivía conmigo, así no tenía que soportar todas sus manías. Al rato me di cuenta de que llevaba por lo menos media hora sentado en el suelo pensando en ella; de las manías había pasado a los recuerdos de cama, las risas, los guisos… Empecé a ponerme algo melancólico y bastante caliente. Estuve a punto de llamarla; lo único que me salvó de ese ataque de debilidad fue que me habían cortado la línea hacía unos cuantos meses.
Para disolver la ansiedad en la que me estaba sumergiendo, abrí la guía de teléfonos que tenía delante.
La información que buscaba, estaba allí: un listado de productoras cinematográficas con teléfonos y direcciones. Los libros, a diferencia de mi experiencia con las mujeres, me daban las respuestas de forma directa y clara. Elegí una que tenía un nombre atrayente y no quedaba lejos de casa.
En el autobús, de camino a la productora, iba mirando por la ventanilla. La tarde estaba lluviosa y, bajo esa luz gris, la ciudad me pareció vieja y desaliñada. Quizás era momento de cambiar de aires. Hollywood podría ser una buena opción, el sitio ideal para desarrollar mi talento. Nunca había estado en América, lo más lejos que había llegado era al sur de Francia, a la vendimia. Eso ocurrió cuando tenía diecisiete años: varios chicos del barrio nos apuntamos a vendimiar para poder salir de la ciudad después del verano y, de paso, ganar algún dinero. Nadie me advirtió de que había que levantarse a las cinco y media para recoger las uvas. Aguanté una semana (era joven) y me volví. Esa había sido mi única experiencia, hasta el momento, en el extranjero. Pero ahora las cosas iban a ser diferentes, nada de darse madrugones ni pasar horas bajo el sol con un saco en la espalda. La siguiente vez que atravesara la frontera iba a hacerlo como un artista, un embajador cultural. Mi ánimo volvió a levantarse pensando en ello. En América había sitios que siempre había querido visitar: el cañón del Colorado, Las Vegas, la mansión Play Boy…
Un frenazo me sacó de mis ensoñaciones. Tras mi brusco regreso a la realidad, empecé a fijarme en los viajeros que tenía más cerca buscando personajes secundarios para mi obra, pero no había nadie que me inspirara. Volví a mirar por la ventanilla y me di cuenta de que ya estaba casi llegando a mi parada. Me levanté para salir y vi a una chica sentada al lado de la puerta; llevaba una minifalda y tenía las piernas cruzadas. Esa visión me dejó hipnotizado, lo cual debió notarse bastante porque ella se apresuró a descruzar las piernas y tirar hacia abajo de su falda. Sinceramente, me hubiera quedado más tranquilo si no hubiera hecho ese gesto porque, al hacerlo, le vi las bragas.
La sangre empezó a correr muy deprisa por mis venas y empecé a marearme. Llevaba demasiado tiempo solo; quizás debería llamar a mi ex y demostrarle que había encontrado un rumbo para mi vida. Quién sabe, a lo mejor podíamos reconciliarnos. Alguien tocó el pulsador de parada y sonó un timbre que me hizo reaccionar salvándome de un nuevo ataque de debilidad. No, no iba a ceder ahora que iba ganando. Bueno, casi ganando.
Bajé del autobús un par de manzanas antes de llegar a la productora; no había decidido aun el título de mi novela y quería pasear un poco para barajar las diferentes posibilidades y aclarar mis ideas. No había andado ni veinte metros cuando empezó a llover con intensidad y tuve que refugiarme en un portal, así que aproveché ese momento de recogimiento para tomar una decisión respecto al título.
No se me ocurría nada; lo único que ocupaba mi cabeza era la chica con las piernas cruzadas. Rendido a esa imagen, me dejé llevar y una ola de creatividad me inundó: Veía al policía de mi obra en una sala de interrogatorios con la protagonista/ sospechosa sentada frente a él. Ella cruzaba las piernas en una mezcla de desafío y juego, ofreciendo un panorama parecido al que yo había visto en el autobús. El policía tenía que abandonar la sala de interrogatorios para fumarse un cigarrillo en un desesperado intento de calmarse y recuperar el control frente a su interrogada que, evidentemente, tenía muy claro cuál era el punto débil de los hombres.
Salí de aquel portal con una nueva escena, el título de la novela en la punta de la lengua y un insistente cosquilleo en la entrepierna. La lluvia me ayudó a refrescarme mientras me dirigía a mi cita con la fama.
Allí estaba, frente a la puerta de la productora, a punto de desvelar mi genialidad al mundo y todavía no había decidido un título. Pero las musas, a las que estaba empezando a echar de menos, se dignaron a aparecer y darme un nuevo soplo de inspiración. El título de mi novela se me reveló claramente: “Instinto Primario”.
Era lo que buscaba: algo directo que resumía el argumento en un par de palabras. Y sonaba muy bien.
Toqué el timbre de la puerta y ésta se abrió automáticamente, lo que me pareció un buen presagio.
El secretario de la oficina de producción me miró de arriba abajo cuando me auto presenté como escritor. “Ya se ve”, dijo, devolviendo la vista a la pantalla del ordenador. “¿Tiene usted cita?”
Aquello estaba vacío, pero me hizo esperar en una salita con sillas plegables como las de los directores de cine. Mi mente empezó a divagar al verme rodeado por carteles de películas y de festivales. No me sentía tan mal en una silla de ésas, quizás debería participar de una forma más activa en el futuro rodaje.
Estaba pensando en los pros y contras de una mudanza a un continente nuevo, cuando el secretario vino a decirme que podía entrar, pero sólo diez minutos porque su jefe estaba a punto de marcharse. Me empezaba a caer un poco mal el tipo ése, pero decidí no dejarme afectar y centrarme en mi entrevista.
Una vez en el despacho del productor, tras presentarme con un decidido apretón de manos y un par de frases de rigor, fui directamente al grano. Saqué los folios de la carpeta y procedí a leerle la línea argumental de “Instinto Primario”. Lo hice de un tirón y, al terminar el quinto folio, levanté la vista para comprobar el efecto que le había producido. Podría ser un buen momento para empezar las negociaciones de mis derechos.
Lo primero que me pareció ver en sus ojos fue cierta incredulidad; acto seguido, dio una palmada en la mesa y empezó a reírse a carcajadas. Era su cumpleaños y pensó que me mandaban de una agencia para gastarle una broma. Un chiste humano, me llamó. Me sentí ofendido y le pregunté con quién se creía que estaba hablando. Al fin y al cabo, éste no era mi primer trabajo, yo era el autor de “Dejar de fumar porros, es fácil si sabes cómo”. Al decirle esto, se dobló sobre la mesa del despacho y siguió riendo hasta que las lágrimas se le saltaron de los ojos.
Estaba a punto de largarme de allí (y de no volver a escribir, lo confieso) cuando se levantó y me dijo que tenía el trabajo perfecto para mí. Alguien con esa capacidad y ese morro para plagiar, afirmó, tenía un hueco asegurado en la televisión. Lo de plagiar no entendí muy bien porqué lo decía, pero si me iban a contratar para la tele, valía la pena.
Llamó a un colega suyo, un jefazo de tele siete, y me recomendó efusivamente (“no puedes perderte esto”, fue lo que dijo exactamente).
Por fin alguien comprendía mi genialidad. Y a mí que me había parecido un cretino.
Al llegar a casa me sentía tan entusiasmado que me puse a limpiar el salón y la cocina. Esta labor me ocupó hasta las dos de la mañana. Me metí en la cama con el cuerpo dolorido, pero con la mente aun dándole vueltas a los acontecimientos del día. ¿Por qué no podía la televisión ser un arte? Lo que les faltaba era, simplemente, gente innovadora como yo.
El destino, que últimamente insistía en llevarme de un lado a otro, parecía estar acercándome a un contrato bien remunerado.
A la mañana siguiente, sobre las once, estaba desperezándome en la cama cuando recordé que mi cita era a las doce, y que tele siete tenía sus estudios justo al otro lado de la ciudad. Me vestí a toda velocidad, sin tiempo para afeitarme o desayunar, y salí corriendo de casa. Llegué con media hora de retraso, pero a nadie pareció importarle; es más, tras identificarme en recepción, tuve que esperar una hora para hablar con mi entrevistador.
Me entretuve leyendo algunos folletos y mirando el mobiliario. Mi atención estaba colgando de una lámpara de techo cuando oí mi nombre. Frente a mí había una mujer con una carpeta bajo el brazo. Me levanté para darle la mano y ella me tendió la carpeta mientras se presentaba como Gracia, jefe de la sección creativa. Sin más formalidades, dijo que era la hora de comer y que volviera a las cuatro para empezar a trabajar con los guionistas. Antes de marcharse, esbozó una ligera sonrisa y me deseó buena suerte con un tono que me sonó irónico.
No tenía casi dinero, así que fui a la cafetería del edificio y tomé un café con leche. Mientras alargaba mi bebida/almuerzo, abrí la carpeta. En su interior no había gran cosa: varios folios en blanco, un bolígrafo con el logotipo de la cadena, un papel con lo que parecía un horario, y una tarjeta identificadora en la que podía leerse mi nombre sobre un código de barras. Saqué los folios y el bolígrafo y empecé a escribir; no se me ocurría nada, pero me pareció más interesante que quedarme allí sentado con cara de niño extraviado. Tenía ya dos folios llenos de medias frases y dibujos cuando se me ocurrió mirar el reloj. Las cuatro y veinte; tarde otra vez.
Al abrir la puerta de la sala de guionistas, me llegó un tufillo a marihuana. Supe que encajaría allí. Miré al grupo de gente que había sentado alrededor de una gran mesa y, por primera vez en muchos años, no me sentí el raro de la reunión.
De nuevo, nadie pareció advertir mi retraso; simplemente me señalaron una silla y me pidieron que me sentara a escuchar en silencio hasta que fuera acostumbrándome a su ritmo de trabajo. Todo el mundo hablaba a la vez, se pasaban papeles, discutían o reían frenéticamente. Yo me acomodé en la silla dispuesto a hacer exactamente lo que me habían pedido, es decir, nada.
No me resultó difícil adaptarme al trabajo, ya que el caos y el humo reinantes en aquella sala me resultaban, en cierta forma, familiares. A los pocos días empecé a soltarme y, tras demostrar mi capacidad de innovación, me destinaron a mi puesto actual: dar ideas para teleseries.
Por cierto, últimamente me ronda una idea que va a ser la bomba; va sobre un grupo de niños de ciudad que veranean en un pueblo de la costa y se hacen amigos de un pescador viejo y de una pintora medio loca. No voy a decir más, de momento, que en este mundillo de la tele a la gente le gusta mucho copiar las ideas ajenas.

Joaquín.ng
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