ángeles, demonios y arena

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Me llamaron a las cinco de la tarde desde el chiringuito de una playa cercana al pueblo malagueño donde estaba pasando las vacaciones; el director/editor y la directora de arte de una revista que me había publicado un artículo  querían conocerme en persona.
Podemos ir nosotros”, aseguró el director por teléfono, “pero estamos algo bebidos y preferimos no coger el coche”. Le dije que a mí no me importaba acercarme hasta donde estaban ellos, ya que me apetecía bañarme en la provincia de Cádiz, que, en la playa del chiringuito, lindaba con Málaga. 

Llegué las seis y media, el calor era aun intenso, pero ellos lo estaban solucionando a base de cubalibres.
Según me acercaba a las mesas intentando localizarlos, una chica saltó de su silla y vino hasta mí.
Tú eres Joaquín ¿a que sí?”,” por supuesto que sí” (se respondió ella sola)
Me sentí aliviado porque no me apetecía rondar por el chiringuito con cara de niño extraviado.
Me llevó hasta su mesa, donde el director, en calzoncillos y con un polo de marca, trasegaba ron con cola. La directora de arte colgaba en ese momento de mi cuello asegurándome que yo era un ángel, una persona hipersensible, no como el impresentable del director, dijo mirando al aludido, que en esos momentos me extendía la mano con una sonrisa para presentarse. Él no perdió la compostura, parecía habituado a ese tipo de situaciones.
Me senté y pedí un tinto con limón mientras ellos, tras volver a anunciarme lo que era evidente (que estaban “algo bebidos”), alternaban los elogios a mi valentía por escribir sobre mi dolor de una forma tan clara, con una discusión privada que parecía durar años. Al cabo de un rato me levanté y me acerqué al mar a bañarme en las aguas de la provincia que me vio nacer. 

Cuando volví, la situación se mantenía igual. El director, de vez en cuando me miraba y decía: “así es nuestra revista, bienvenido”
Ese tipo debía tener un sentido del humor realmente profundo que a mí me costaba comprender, pero que no dejaba de apreciar. De hecho estuve un buen rato esperando a que se decidieran a parar la broma.
La directora de arte empezó a subir el tono de los insultos a gran velocidad mientras el tipo parecía no inmutarse. “Pero tú”, decía volviéndose hacia mí, “eres un ángel que ayuda a la gente”. Me costaba comprender esto, yo sólo había vomitado mi dolor sin ninguna vergüenza aprovechándome de la confianza que me brindaban las palabras y la intimidad de mi teclado; luego las había mandado a circular por el mundo invitando a quien quisiera oírlo a sumarse a mi exorcismo. Estuve unas cuantas veces a punto de explicarle esto, pero ella, tras exponer de nuevo su teoría, me mandaba callar (literalmente) y se enfrascaba en la discusión con el director, que con cara de diablillo dejaba que los insultos rebotaran en su frialdad. Esto parecía interesar infinitamente a la directora de arte, que ya casi no se dirigía a mí.
Yo ya tenía claro que aquello no era una broma y, cuando me sentí aburrido, decidí largarme y dejarles jugando a lo suyo. Me cayeron bien, pero tenía que conducir y no podía emborracharme para jugar a los cínicos (lástima, porque también se ríe uno mucho).
Tras despedirme, saqué mi teléfono móvil y vi una llamada perdida y un mensaje; eran de una ex novia con la que me había portado mal, según ella, hacía ya varios años. La semana pasada había pasado por su casa a intentar hacer las paces y a restablecer mi karma, es decir, a jugar a los angelitos. Ella fue muy amable conmigo, enseguida estuvo dispuesta a perdonarme y a salir a tomar algo.

Me quedé un rato sentado en el coche con el motor apagado pensando en la directora de arte, en las mujeres a las que había ignorado y aquellas a las que había idolatrado; y, me dolió reconocerlo, pero caí en la cuenta de que la gente, aunque diga lo contrario, suele preferir los demonios a los angelitos ¿y tú?
Joaquín.ng
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Una respuesta a ángeles, demonios y arena

  1. Petra dijo:

    ha sido mi problema durante toda la vida…inteligencia emocional deben enseñar en los colegios!

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